martes, 29 de agosto de 2017

¿Cómo solucionar los conflictos dentro de la iglesia?




Necesitamos aprender a relacionarnos entre nosotros en medio de nuestra iglesia local y también con los hermanos de otras congregaciones. Un elemento esencial en ese aprendizaje es entender cómo debemos solucionar los conflictos dentro de la iglesia. En efecto, los conflictos son un aspecto recurrente de las relaciones interpersonales que acontecen en la iglesia, principalmente por dos razones: primero, porque somos diferentes debido a nuestras preferencias o gustos, nuestras opiniones, nuestras debilidades y fortalezas, nuestra forma de pensar y de accionar, y posiblemente un largo etcétera. Y segundo, porque fuera del cuerpo de Cristo hemos aprendido otras formas de relacionarnos con las personas (que no necesariamente se basan en el amor, la misericordia y la justicia, propios del cristianismo) y otras formas de solucionar conflictos (como el chisme, la discusión, la negligencia o la venganza). Es por ello, que se hace ineludible reaprender a la luz de la palabra de Dios como debemos tratarnos, y especialmente como debemos solucionar los conflictos entre nosotros.

Jesús, profundamente consciente de la inclinación humana al conflicto, nos proveyó de una metodología muy clara para resolver los problemas que surgirían en nuestras relaciones interpersonales. Este proceso para solucionar los conflictos se encuentra en el capítulo 18 de Mateo, del versículo 15 al 17, donde cada versículo puede verse como un paso a seguir.

Mateo 18:15-17

15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.

16 Más si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.

17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.

Entonces, como puede apreciarse en cada versículo de este pasaje, la metodología de Jesús para resolver un conflicto implica tres pasos simples pasos. Si usted tiene una disputa, una discordia, una tensión, un conflicto, o cualquier clase de problema con un hermano de su iglesia local o de otra congregación, lo primero que debería hacer es hablar a solas con la persona con la que tiene el problema. Si no logra llegar a un acuerdo, debe buscar otra ocasión para seguir conversando pero con algunos testigos, y finalmente si el anterior paso no funciona, puede usted hablarlo a la iglesia, lo que significa que puede hacer público el conflicto, y permitir que la iglesia determine una sentencia o solución. 

Este proceso o metodología de tres pasos, implica la existencia de un principio necesario en la resolución del asunto. Dicho principio es ir de lo privado a lo público. No es lo contrario, no es ir de lo público a lo privado. Vea usted, que primero se resuelve a solas, luego se incluyen dos o tres personas, y finalmente se hace conocido a la iglesia. Ahora bien, ¿será qué eso es lo que hacemos cuando tenemos un conflicto en la iglesia?, ¿O lo comentamos con nuestras amistades primero, presencialmente o por WhatsApp? ¿Nos descargamos en Facebook primero? Pareciera que eso es lo que más ocurre, pero es lo que sin duda no debería pasar.

Además de que vamos al revés del principio de Dios para resolver los conflictos, usualmente también hacemos uso de otros mecanismos para zanjar nuestras disputas con los hermanos. ¿Cuáles son esos mecanismos que debemos aprender a no ocupar?

El primero de ellos es la murmuración, que es hacer comentarios negativos de la persona con la que tenemos el conflicto, sin que ella esté presente. La murmuración o el chisme se nos aparece muchas veces como un medio necesario debido a que, al conversar el problema con amistades o con otras personas, creemos que con eso sumaremos apoyo social a nuestra causa o a nuestro bando, como si acaso tener a Dios de nuestro lado, como escudo, roca fuerte y fortaleza no fuera suficiente. Por lo demás, es evidente que Dios condena duramente el chisme o la murmuración.

1 corintios 10:10  Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor.

Un segundo mecanismo del que hacemos uso es la discusión, en el sentido negativo del término, no como la acción de dialogar, más bien hablando enojados sin tratar de resolver, sino de imponer nuestra posición sobre el asunto en una abierta actitud de pelear. En este mecanismo, al creer que tenemos la razón, pensamos que en nuestra pelea el imponer nuestra mirada es hacer justicia. Sin embargo, en nuestra ira no obra la justicia de Dios. Es entendible que, si efectivamente tenemos la razón, estemos molestos, pero es mejor esperar el tiempo necesario para calmarnos primero y luego conversar con la verdadera intención de llegar a la reconciliación, y no a pelear o imponernos sobre las personas, y mucho menos insultarlas para terminar siendo presos del infierno. Después de todo, como cristianos debemos perdonar para que Dios también nos perdone.

Filipenses 2:14-16 Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo.

Santiago 1:19-20 Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.

Mateo 5:22 Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: ``Raca (inútil) a su hermano, será culpable delante de la corte suprema; y cualquiera que diga: Idiota, será reo del infierno de fuego.

Mateo 6:14-15 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; más si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Un tercer mecanismo es la omisión, que consiste en dejar pasar a situación sin hacer nada, simplemente obviar lo que ocurrió decidiendo no hablar sobre el tema. Este mecanismo nos promete que el problema quedará en el pasado, y que al no hacer nada nos estamos evitando un problema adicional. Sin embargo, los pecados no solo son por acción o  pensamiento, sino también por omisión, es decir, por saber que es lo correcto que debemos hacer y aun así no hacerlo. Si usted leyó hasta acá ya sabe que debe dialogar, yendo de lo privado a lo público, el no hacerlo es omitir una instrucción de Dios.

Santiago 4:17 y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.

Un cuarto mecanismo para zanjar los conflictos es la venganza, que consiste en efectuar algún daño sobre aquellos que nos han dañado, prometiendo equilibrar la situación, haciendo justicia por nosotros mismos. Lamentablemente este es un mecanismo usado recurrentemente, no siempre con un gran acto de venganza que de una vez “equilibre el daño recibido”,  sino que a veces por medio de pequeños pero continuos actos de castigo. “La ley del hielo” es una práctica cultural arraigada que parece un buen ejemplo de esto. El mayor problema con este mecanismo es que la venganza es algo que, bíblicamente, pertenece a Dios, no nos pertenece a nosotros. Por lo tanto, al vengarnos, estamos robándole a Dios algo que es de su propiedad. 

Romanos 12:19 Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor.

La murmuración, la discusión o pleito, la omisión y la venganza, son mecanismos usados comúnmente en el mundo para tratar de zanjar (pero jamás resolver) un conflicto. Generalmente, el primer y tercer mecanismo es usado por aquellas personas de personalidad introvertida, aquellos que dicen ser tímidos. Mientras que el segundo y cuarto mecanismo es usado por personas de “carácter fuerte”, “mal carácter” o temperamento explosivo. Es por ello, que el desaprender esos mecanismo y aprender el proceso de resolución de conflictos del cielo, implica también sujetar nuestra forma de ser, nuestra personalidad y carácter al Espíritu Santo.

Ahora bien, en esencia tenemos dos opciones básicas para relacionarnos con nuestro hermano. La primera opción es aborrecerlo, que si bien parece ser una alternativa muy fuerte y poco usada, en realidad ocurre en no pocas ocasiones, cuando no valoramos, no estimamos, o simplemente rechazamos a alguien que también ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Cuando aborrecemos a un hermano dejamos de amar a Dios, y de cierta forma también aborrecemos a Dios, porque nuestro hermano es parte del cuerpo de Cristo, y al no amarlo estamos dejando de amar a Cristo. Y por el contrario, si queremos amar más a Dios, podemos empezar a amar más a nuestros hermanos, que son parte del cuerpo de Cristo, y entonces también estaremos amando más a Dios. En definitiva, es imposible decir que amamos a Dios mientras que aborrecemos a nuestro hermano.

1 Juan 4:20 Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?

Una segunda opción para relacionarnos con nuestros hermanos es estableciendo el perfecto vínculo que es el amor. Ese amor que Dios nos pide se manifiesta en armonía y unidad. La armonía entre los hermanos es deliciosa para Dios. Piense por un momento en su comida favorita y al sentir esa sensación de delicia, tendrá una idea de lo que Dios siente cuando ve que sus hijos viven armoniosamente. ¿Será delicioso para Dios ver su congregación? ¿La relación que existe entre los hermanos de su iglesia local producirá deleite en Dios? Esa relación de armonía no solo será algo delicioso para Dios, también trae una promesa para nosotros, que consiste en que el Señor enviará bendición y vida eterna donde el ve ese tipo de relacionamiento.

Juan 13:34 Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

Salmo 133:1-3 Mirad cuan bueno y delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío del Hermón, que desciende sobre los montes de Sión: porque allí envía Jehová bendición y vida eterna. 

Ese amor que debe guiar nuestras relaciones en la iglesia también debe manifestarse en la unidad. Uno de los pasajes bíblicos que más llama la atención sobre este asunto es el capítulo 17 del evangelio de Juan, pues relata una de las últimas oraciones de Jesús antes de morir en la cruz, y por lo tanto de seguro habrá orado por aquello que sinceramente él consideraba lo más importante. Es decir, alguien que sabe que morirá pronto, usará sus oraciones para pedir por aquello que realmente es relevante. Pues bien, para Jesús la unidad de sus discípulos y de todos los creyentes era de la más alta importancia. La promesa de esa unidad, que debía ser como la misma unidad que existe entre el Padre, el hijo y el Espíritu Santo (he ahí la aplicación práctica de la doctrina de la trinidad), permitiría que el mundo creyese en la venida de Cristo, y aún la misma gloria de Dios sería dada a nosotros a causa de esa unidad.

Juan 17: 21-23 para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.

Si pensamos que esto es difícil, imaginémonos lo que esto significaba para discípulos como Simón, llamado también Simón “el Zelote” porque pertenecía a un movimiento social y político que hacía uso de la fuerza y la violencia buscando la independencia de Israel en contra del imperio romano y de sus colaboradores, y por otro lado, a Mateo, un recaudador de impuestos, impuestos que eran usados para sostener los gastos del imperio romano en su ocupación de Israel. De este modo, Mateo era un enemigo a quien Simón debería haber matado. Pero Jesús les pedía que se amaran, que fueran uno. O imagínese la enorme diferencia entre el apóstol Pablo, un hombre profundamente estudioso de la palabra quien hoy podría ser un académico o doctor en teología o divinidades, y por otro lado, el apóstol Pedro que era un pescador, probablemente sin mayores estudios, y a pesar de sus diferencias, Dios los escoge para extender el reino y su iglesia.

Finalmente, habiendo entendido cual es el proceso o metodología de Jesús para resolver los conflictos, los erróneos mecanismos más usados para zanjar las controversias y las opciones básicas que tenemos para relacionarnos con nuestros hermanos, ¿a qué causa podríamos atribuirle el surgimiento de los conflictos en nuestras relaciones interpersonales en el contexto congregacional? El libro de Santiago nos entrega luz respecto a la razón por la cual surgen los pleitos y contiendas.

Santiago 4:1 ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?

Para Santiago, los conflictos que tenemos provienen de nuestras pasiones. Una pasión es un sentimiento que consiste en un anhelo o deseo intenso que se tiene sobre algo o alguien. Como la pasión por un equipo de futbol, por un video juego, por un artista o cantante, por el dinero, o por un famoso(a). Es evidente que una pasión muy fuerte puede llevarnos a una disputa, como ocurre en el caso del futbol.

Entonces, si tenemos un conflicto debemos saber cómo solucionarlo correctamente, por medio del proceso que Dios ha indicado en su palabra, aplicando el principio de ir de lo privado a lo público, a la vez que evitamos hacer uso de otros mecanismos que no resuelven el problema sino que lo agravan, y optamos por agradar y amar a Dios, amando también a nuestro hermano. Pero también hemos de evitar que el conflicto pueda llegar a surgir, cambiando nuestro corazón, cambiando nuestras pasiones, para que Cristo Jesús y su Reino sean nuestro mayor y profundo anhelo. Pues el mundo, sumergido cada cierto tiempo en conflictos y guerras, debería ver en la iglesia una forma correcta de manejar y solucionar estos problemas nacionales y globales.  




Ángelo Palomino 

miércoles, 31 de mayo de 2017

Características de un discípulo. Formando un corazón para ser discipulado



Dios tiene un trato diferente con cada persona. Él puede bendecir a alguien, mientras que puede maldecir a otro, Dios puede darle larga vida a un individuo, como también puede darle muerte rápida a otro individuo. Él puede coronar de favor, de honor y riquezas a alguien, mientras que puede no hacerlo con alguien más. Por ejemplo, Dios levantó a David como rey de Israel habiendo sido un pastor de ovejas. Pero también provocó que la tierra se abriera y se tragará a Coré, quien murió rápidamente en ese incidente. 

Ahora bien, este trato diferenciado no significa que tengamos un Dios parcial e injusto. Muy por el contrario, la escritura es clara en que Dios no hace acepción de personas, el da a cada cual según sus acciones u obras. Siguiendo el mismo ejemplo anterior, vemos que Dios bendice a David, pero porque él se agrada de su corazón, mientras que el final de Coré se debe al desagrado de Dios respecto de su profunda rebeldía. 

Romanos 2:6;11 "Porque Dios le dará a cada uno lo que se merece... Porque en Dios no hay acepción de personas".

2 Samuel 7:8-17 “Ahora, pues, dirás así a mi siervo David: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de detrás de las ovejas, para que fueses príncipe sobre mi pueblo, sobre Israel; y he estado contigo en todo cuanto has andado, y delante de ti he destruido a todos tus enemigos, y te he dado nombre grande, como el nombre de los grandes que hay en la tierra. Además, yo fijaré lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré, para que habite en su lugar y nunca más sea removido, ni los inicuos le aflijan más, como al principio, desde el día en que puse jueces sobre mi pueblo Israel; y a ti te daré descanso de todos tus enemigos. Asimismo Jehová te hace saber que él te hará casa. Y cuando tus días sean cumplidos, y duermas con tus padres, yo levantaré después de ti a uno de tu linaje, el cual procederá de tus entrañas, y afirmaré su reino. El edificará casa a mi nombre, y yo afirmaré para siempre el trono de su reino. Yo le seré a él padre, y él me será a mí hijo. Y si él hiciere mal, yo le castigaré con vara de hombres, y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no se apartará de él como la aparté de Saúl, al cual quité de delante de ti. Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente. Conforme a todas estas palabras, y conforme a toda esta visión, así habló Natán a David.

Números 16: 30-35 “Mas si Jehová hiciere algo nuevo, y la tierra abriere su boca y los tragare con todas sus cosas, y descendieren vivos al Seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová. Y aconteció que cuando cesó él de hablar todas estas palabras, se abrió la tierra que estaba debajo de ellos. Abrió la tierra su boca, y los tragó a ellos, a sus casas, a todos los hombres de Coré, y a todos sus bienes. Y ellos, con todo lo que tenían, descendieron vivos al Seol, y los cubrió la tierra, y perecieron de en medio de la congregación. Y todo Israel, los que estaban en derredor de ellos, huyeron al grito de ellos; porque decían: No nos trague también la tierra. También salió fuego de delante de Jehová, y consumió a los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso”.

Entonces, ese distinto relacionamiento está en función de nuestro corazón y comportamiento hacia Dios, y no de una imparcialidad de Dios sobre nosotros. De modo que si quisiéramos saber qué es lo que Dios nos dará, deberíamos preguntarnos cómo ha sido nuestro corazón y nuestro caminar. En definitiva, Dios no se relaciona de la misma forma con todas las personas. El antiguo testamento da cuenta de ello, pues a pesar de las múltiples personas con las que Dios se relacionó, hay pocas personas que son distinguidas explícitamente como amigos de Dios. Estas personas fueron Abraham y Moisés.

Éxodo 33:11 “Y hablaba el SEÑOR con Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo”.
Santiago 2:23 “Así se cumplió la Escritura que dice: «Le creyó Abraham a Dios, y esto se le tomó en cuenta como justicia», y fue llamado amigo de Dios”.

En el caso del Nuevo Testamento, vemos que también Jesús se relacionó de manera diferente con las personas. Él trató con personas que eran parte de la multitud, otros que eran sus discípulos, e incluso con quienes consideró sus amigos. Revisemos a continuación las características centrales de un discípulo versus las de aquellos que son multitud, pero antes veamos brevemente a quienes Jesús consideró amigos.

Juan 15:13-16 “Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo no está al tanto de lo que hace su amo; los he llamado amigos, porque todo lo que a Mi Padre le oí decir se lo he dado a conocer a ustedes. No me escogieron ustedes a Mí, sino que Yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Así el Padre les dará todo lo que le pidan en Mi nombre”.

En estos pasajes de la escritura vemos que Jesús considera amigos, a quienes habían sido sus discípulos, lo que nos enseña que quien quiera ser amigo de Dios necesita ser primero discípulo de Dios, para aprender a ser comandados por él. El no llama amigo a alguien de la multitud, sino que primero toma discípulos, que luego de pasar el proceso de ser discipulados, llegan a tener el honor de ser amigos de Jesús. Y quien es amigo de Jesús tiene el tremendo privilegio de ver manifiesto su amor de amigo, que se expresa en que él es capaz de dar su vida por ese amigo. Y si es capaz de eso por amistad, ¿cuánto más podría hacer Jesús por quienes considera sus amigos? Por otra parte, quién es parte de la multitud es amigo del mundo y eso necesariamente le impide llegar a ser amigo de Dios.

Ahora bien, ¿cuáles son las características distintivas de alguien que es un discípulo? ¿Qué aspectos diferencian a un discípulo de entre la multitud?

Mateo 15: 32-39 “Entonces Jesús, llamando junto a sí a sus discípulos, les dijo: Tengo compasión de la multitud, porque hace ya tres días que están conmigo y no tienen qué comer; y no quiero despedirlos sin comer, no sea que desfallezcan en el camino. Y los discípulos le dijeron: ¿Dónde conseguiríamos nosotros en el desierto tantos panes para saciar a una multitud tan grande? Jesús entonces les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Y ellos respondieron: Siete, y unos pocos pececillos. Y Él mandó a la multitud que se recostara en el suelo; y tomó los siete panes y los peces; y después de dar gracias, los partió y empezó a darlos a los discípulos, y los discípulos a las multitudes. Y comieron todos y se saciaron; y recogieron de lo que sobró de los pedazos, siete canastas llenas. Los que comieron fueron cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los niños. Y después de despedir a la muchedumbre, subió a la barca y fue a la región de Magadán”.

Una primera característica de un discípulo es que este es una persona que tiene una actitud y mentalidad de dar. En cambio, la multitud tiene una mentalidad enfocada en recibir. Así vemos en los versículos anteriores que los discípulos eran quienes recibían el pan y los peces de parte de Jesús, y luego ellos siendo solo 12 debían repartirlo a las miles de personas que estaban en ese lugar. En ese sentido, la multitud son personas que van a recibir algo, una palabra, quizás un milagro de Jesús, e incluso ser alimentados por él. Mientras que los discípulos son aquellas personas que van a dar y entregar aquello que Dios les da, lo que implica una actitud de servicio y humildad. En cambio, las personas que son multitud generan compasión en el resto, a veces podrían incluso victimizarse.

Entonces, hay quienes son sujetos de las instrucciones de Dios, y otros sujetos más bien de su compasión. Hay quienes simplemente van a la congregación buscando una palabra, que les profeticen, que les oren, que los unjan, que los abracen y contengan, esperan que les manifiesten y les den amor, porque generan compasión. Esto no está mal en primera instancia, puesto que muchas veces llegamos así a una iglesia, pero al crecer espiritualmente vamos adoptando una mentalidad y actitud diferente, nos debiéramos convertir no solo en creyentes sino también en discípulos que tienen una actitud de dar. De lo contrario, seguiremos siendo niños espirituales, como los bebés que solo sobreviven si alguien les alimenta y les da lo necesario, cuando vamos creciendo eso va cambiando paulatinamente.

Es relevante entender aquello porque en no pocos casos satanás engaña a muchos haciéndoles pensar, por ejemplo, que deberían cambiarse a otra congregación donde perciben que podrían seguir creciendo en Dios porque les darán más, más unción, más profecía, más milagros, especialmente cuando tienen la idea de que en su actual congregación ya no hay algo más que puedan recibir o tomar. Esa forma de pensar es a todas luces propia de la mentalidad de multitud que busca recibir, y no de la mentalidad de discípulos que buscar entregar. Esto resulta un grave error, porque mientras la persona piensa hacer esto cree que va a crecer espiritualmente, pero en realidad al hacer esto paradójicamente lo que hace es perderse la oportunidad de crecer al continuar viviendo con una mentalidad de multitud que espera que le den algo en la congregación, en vez de ser el que empieza a servir y entregar.

Una segunda característica de un discípulo es la férrea obediencia. Un discípulo de Jesús es alguien que es profundamente obediente, que recibe una instrucción y la lleva a cabo aun cuando pareciera difícil o extraño cumplirla. En efecto, los primeros discípulos de Jesús oyeron que él les dijo "ven y sígueme", e inmediatamente ellos obedecieron yendo tras Jesús. Esto pareciera ser un aspecto tan básico, pero en realidad seguir a Dios oyendo y haciendo lo que él dice es central en el evangelio y especialmente en el proceso del discipulado.

Mateo 4: 19- 20 “Y andando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, echando una red al mar, porque eran pescadores. Y les dijo: Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres. Entonces ellos, dejando al instante las redes, le siguieron”.

Lucas 7: 3-10 “Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniera y sanara a su siervo. Ellos se acercaron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: —Es digno de que le concedas esto, porque ama a nuestra nación y nos edificó una sinagoga. Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: —Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo, por lo que ni aun me tuve por digno de ir a ti; pero di la palabra y mi siervo será sanado, pues también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este: “Ve”, y va; y al otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace. Al oír esto, Jesús se maravilló de él y, volviéndose, dijo a la gente que lo seguía: —Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo”.

Tan importante es la obediencia que esta genera el asombro de Dios. Actualmente vivimos en sociedades que tienen un fuerte arraigo en una cultura del espectáculo donde las luces, el buen sonido y la parafernalia en general asombran y captura la atención de la gente. En las iglesias, aunque no opera de la misma forma, a veces esta cultura del espectáculo está en las personas que se impresionan en demasía por la manifestación de los dones, de la liberación o en general de lo sobrenatural, por ejemplo al ver una sanidad o un milagro. Sin embargo, Jesús no se impresiona de eso. Más bien él se maravilla de la obediencia de las personas. Porque ¿cómo podríamos sorprender a Dios con nuestros dones o talentos si es él quien nos ha dado eso? Es como si recibiéramos un regalo de nuestro padre en navidad, lo abriéramos y se lo mostrásemos para tratar de impresionarlo. Sería absurdo.

Aunque lo sobrenatural pueda evidentemente llamar nuestra atención y sorprendernos, eso solo ocurrirá con las personas que vean eso. Pero si queremos asombrar a Dios necesitamos ser obedientes. Entonces, ¿qué tan obedientes somos a él? ¿Qué tan obedientes somos con respecto a nuestros pastores y líderes? No vamos a sorprender a Dios con una linda técnica al danzar, ni una linda voz al cantar, ni una buena dicción al predicar, ni con un gran conocimiento de la Biblia, tampoco si sanas un enfermo, o le das vista a un ciego. Por supuesto que hacer todo eso está bien, y efectivamente vas a impresionar a la gente, pero no a Dios. El Señor se agrada de la aplicación de tus dones y talentos, pero se agrada y además se asombra de aquellas personas que son obedientes. ¿Quieres sorprender o asombrar a Dios? Si es así, se extremadamente obediente.

Una tercera característica de un discípulo es que es alguien que soporta la disciplina. De hecho la cercanía de estas palabras dan cuenta de su estrecha relación (discípulo- disciplina). Tal así que un discípulo es alguien que está bajo el rigor de una determinada disciplina, es alguien que ya no es ultrasensible, es decir, sabe recibir correctamente la crítica si lo retan, amonestan, o le hacen ver sus errores. No se molesta fácilmente, ni se va de una congregación por un trato brusco. Un discípulo entiende que debe ser procesado por Dios, como un alfarero que rompe un odre y debe rehacerlo, o un herrero que golpea para formar un arma o herramienta. Así vemos por ejemplo a Pedro, que recibe un fuerte reto por parte de Jesús. Él hijo de Dios, que es la manifestación misma del amor de Dios, halaga y honra a su discípulo, pero versículos siguientes lo amonesta fuertemente diciéndole "apártate de mí satanás". ¿Cómo reaccionarías tú si tú pastor o líder te dice algo así? Frente a la disciplina, ¿reaccionas como multitud o como discípulo? Lamentablemente hay quienes se van de congregaciones por menos que eso (porque son multitud).

Mat 16: 17-32 “Entonces le respondió Jesús: —Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no la dominarán. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos. Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijeran que él era Jesús, el Cristo. Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho a manos de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirlo, diciendo: —Señor, ten compasión de ti mismo. ¡En ninguna manera esto te acontezca! Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres”.

Las reacciones negativas a la disciplina en las congregaciones surgen en general por un mal entendimiento del amor de Dios. Las personas piensan que el amor de Dios es que les traten con cariño y afecto demostrable a través de llamadas, de mensajes, de que los saluden y se preocupen de ellos. En definitiva, se piensa que el amor de Dios es solo "nanai", de modo que quienes son pastores o líderes deben darles eso a las personas. Sin embargo, es un profundo error pensar de esa forma, porque el verdadero amor de Dios no es solo eso. El amor de Dios si es afecto, pero también contiene mucha disciplina, tal y como lo expresa el capítulo 12 del hebreos.

Hebreos 12: 5-11 “y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”.

Entonces, hay una idea falsa y muy errónea del amor de Dios, lo que lleva a las personas a exigir algo que no corresponde. Dios da abrazos a sus hijos, pero también azotes, y eso también proviene de su amor. De modo que debemos cambiar la forma en que concebimos el amor, porque este es bello, pero bíblicamente también es sufrido, y todo lo soporta.

1 Corintios 13:4-8 “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

¿Qué tipo de amor buscas tú en una congregación? ¿Buscas el amor al estilo multitud que se expresa en la generación de compasión y en la búsqueda de que te den atención y "nanai"?, o ¿buscas el amor estilo discípulo que quiere ser procesado por la disciplina de Dios?

Una cuarta característica de un discípulo se refiere a que es una persona que carece de excusas. Quienes presentan motivos o justificaciones para no seguir y servir a Dios simplemente no pueden ser sus discípulos. Los verdaderos discípulos, como Pedro y Andrés escuchan la instrucción de Jesús y obedecen al instante. Vemos en cambio que otras personas escuchan la misma instrucción de Jesús (“sígueme”), pero se excusan o presentan argumentos y pretextos para tratar de no obedecer, o quizás obedecer, pero tardíamente de acuerdo a su propia voluntad o mentalidad.


Mateo 4: 19- 20 “Y andando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, echando una red al mar, porque eran pescadores. Y les dijo: Seguidme, y yo os haré pescadores de hombres. Entonces ellos, dejando al instante las redes, le siguieron”.

Lucas 9: 59-62 “Y dijo a otro: Sígueme. Él le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios. Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”.

En general, las personas en las congregaciones están llenas de excusas para no servir a Dios. Si se les pide hacer una tarea surgen muchísimas razones para no cumplir, o a veces está la disposición de colaborar, pero de la forma en como ellos estiman conveniente, tal y como el caso de la persona que le dice a Jesús: “te seguiré, pero primero déjame hacer tal cosa”. Es un: “serviré, pero déjame en este puesto o en esta área, porque las demás no me gustan”. Entonces, hay quienes no son discípulos porque se excusan para derechamente no obedecer, y hay quienes no lo son porque queriendo obedecer y ser partícipes del servicio, quieren hacerlo según su voluntad. Cuándo recibimos una instrucción o petición, ¿nos excusamos o somos como los discípulos que al instante accionan obedeciendo?

Como podemos apreciar, hay al menos 4 características que nos permiten identificar a un discípulo o ayudarnos a convertirnos en uno. Primero, una mentalidad servicial de dar y entregar. Segundo, una férrea obediencia. Tercero, el soportar la disciplina. Y cuarto, la carencia de excusas. Ahora bien, sin duda que hay muchas características más, como por ejemplo ser un adorador, ser agradecido, ser apasionado, amar su palabra, tener carácter, entre otras cosas. Pero no cabe duda en que el aspecto central de un discípulo de Jesús es su corazón. Para ser su discípulo necesitamos tener un corazón enseñable, pues quien tiene un corazón así será dadivoso, obediente, disciplinable y esquivo a las excusas. Necesitamos desarrollar ese corazón, porque el hacer realidad estas características solo por poseer un comportamiento correcto nos llevará a ser religiosos, pero no sus discípulos. Es solo cuando surgen estas características desde un corazón correcto que ama a Dios y busca ser guiado por él en que verdaderamente nos transformamos en sus discípulos. Pensemos en los fariseos por ejemplo, que cumplían con todas las normas bíblicas al pie de la letra, pero su corazón estaba muy alejado de Dios. Es por eso que estas características deben nacer de un corazón correcto y alineado a Dios, que busca agradarle a él haciendo su voluntad, y no tratando de agradarnos a nosotros mismos haciendo nuestra voluntad.

No podemos engañarnos, ser discípulos conlleva un costo enorme. El costo de ser discípulos es morir a nosotros mismos, a los deseos de nuestro corazón, a nuestros anhelos, a nuestra forma de pensar, y a todo lo que somos. El proceso del discipulado es tomar una cruz, porque sabemos que mientras caminamos vamos generando una muerte de lo que somos, pero para que la verdadera vida de Dios se manifieste en nosotros. 

Mateo 16: 24-25 “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”.


Ahora bien, ser discípulo no solo tiene costos, también tiene beneficios. Primero, quien ha vivido el proceso de discipulado puede ser un amigo de Dios, y por lo tanto ser bendecido por él. Sin duda Abraham y Moisés fueron cuidados y defendidos por Dios, además de tener la posibilidad de tener una íntima y estrecha comunión con Dios. Segundo, quienes son discípulos tiene la posibilidad de ser protagonistas en la historia de Dios y no meros espectadores. Quienes son discípulos están siempre en el centro de los que Dios va haciendo y son actores centrales de lo que él va provocando. La multitud solo recibió pan y pescado, pero los discípulos que lo repartieron vieron como se les multiplicaba en las manos y en las canastas. Tercero, quienes son discípulos están en el proceso de cumplir con el propósito de Dios para su vida. Fueron los discípulos quienes después se transformaron en los apóstoles que fueron los grandes hombres de Dios que llevaron el evangelio y establecieron el reino de Dios por distintas partes del mundo, claramente no fue la multitud. Cuarto, son los discípulos quienes reciben poder y autoridad de parte de Dios, pues son obedientes, en cambio quienes son multitud no reciben aquello. Y quinto, ser discípulo no implica ser perfecto. Es evidente que siempre nos equivocamos, sin embargo un discípulo siempre se vuelve a levantar, es resiliente. 



Ángelo Palomino
Hijo de Dios

jueves, 18 de mayo de 2017

El evangelismo y la manifestación de la vida de Dios



El propósito del evangelismo es básicamente llevar la vida de Dios a las personas que no le conocen y que están muertas espiritualmente.

Nosotros, los hijos de Dios, tenemos la responsabilidad de evangelizar, es decir, manifestar la vida de Dios. Nosotros podemos hacerlo porque ya tenemos esa vida, tenemos vida eterna, somos seres eternos, y es por eso que podemos y debemos dar de la vida abundante de Dios a aquellas personas que son inconversas. Entonces, al ser hijos de Dios portamos la vida de Dios pero también debiéramos manifestarla al resto.

Si un médico tiene las capacidades y conocimientos necesarios para sanar a una persona que se está muriendo, pero voluntariamente decide no atender a ese paciente sino que quedarse sentado en su sillón, todos consideraríamos que ese médico es un descriteriado, una persona sin compasión, ni ética alguna, o sin vocación por el servicio y profesión que escogió.

2 Pedro 1:10-11 Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Ahora bien, eso es precisamente lo que hemos hecho como hijos de Dios al no evangelizar. Hemos sido salvos y tenemos la vida eterna que Dios nos ha otorgado por gracia. Pero a pesar de aquello, muchas veces no hemos dado vida a otros a través de nuestro evangelismo, no lo hemos hecho, nos hemos quedado sentados y quietos. Dios nos ha llamado a evangelizar, es decir, a ministrar de su vida, de su vida abundante que es vida eterna en Cristo Jesús. Por esta razón, se requiere conocer cómo se ministra la vida de Dios.

La biblia dice las palabras de Dios son vida, de modo que cuando él quiere transmitir su vida, lo hace a través de lo que dice, a través de sus palabras. Después de la palabra viene la fe, porque la fe proviene de oír la palabra de Dios. Y después de la fe, viene la acción. Entonces, la vida de Dios se transmite a través de la palabra, la palabra produce fe, y la fe produce acciones. Las acciones no son sino vida manifestada. Todos los seres vivos se mueven, pero cuando se mueren ya no pueden generar acciones.

Juan 6:63 ”…las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida”.

Juan 6:68 “Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”.

Romanos 10:16-17 “…Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”.

Santiago 2:17-20  Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta. Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno. Haces bien; también los demonios creen, y tiemblan. Pero, ¿estás dispuesto a admitir, oh hombre vano, que la fe sin obras es estéril?

A pesar de que la palabra porta la vida de Dios, esa vida puede morir dentro de nosotros. La palabra se transforma en fe dentro de nosotros cuando creemos a una palabra de Dios, pero esa fe debe terminar convirtiéndose en obras o acciones. Pues, cuando eso no pasa, la fe muere. La vida de Dios es poderosa, pero cuando no la creemos o no la ponemos por obra, es decir, cuando no accionamos, esa vida de Dios muere. Pero muere por causa nuestra, porque somos nosotros quienes, luego de recibir una palabra, decidimos creer o no creer a esa palabra de Dios, somos nosotros los que luego decidimos si nos movemos y realizamos las acciones que esa palabra nos demanda.

Por ejemplo, cuando una persona ha oído que la palabra de Dios dice que debemos salir a predicar y evangelizar, sin embargo no lo hace, la fe producida por esa palabra termina muerta en esa persona. La fe que está viva siempre es acompañada por obras según Santiago, es decir por algo que se hace, porque la fe siempre es acción. Dicho de otra forma, no hay manera de que tú le creas a Dios y no estés haciendo algo. Si tú le crees a Dios, si tú tienes fe, necesariamente terminarás realizando algo, ejerciendo alguna acción consecuente con lo que la palabra de Dios ha dicho. Si eso no ocurre es porque la fe está muerta. En cambio, si la fe va con acciones es porque está viva.

Nótese además que Santiago dice que los demonios también creen y tiemblan, pero obviamente ellos solo creen pero no hacen lo correcto, es decir, creen en Dios, pero no realizan acciones a favor de su reino. Entonces, nosotros podemos parecernos a los demonios “si solo creemos” pero no somos capaces de hacer algo, de accionar de acuerdo a lo que la palabra de Dios nos dice que hagamos. Es más, cuando un cristiano sabe que hacer algo está mal y es pecado porque la palabra de Dios lo dice, pero sigue haciéndolo, una y otra vez, lo más probable es que esa persona esté influenciada por un demonio, porque justamente así se comportan los demonios: conocen la palabra porque la creen, pero no hacen lo que ella dice, no hacen lo correcto (por eso tiemblan). Muchos cristianos se comportan igual. Conocen la palabra, pero no se comportan como ella dice.

En definitiva, evangelizar es manifestar a otros la vida de Dios. Dios transmite y expresa su vida a través de sus palabras, las cuales al llegar al corazón generan fe, y esa fe a su vez genera obras. No obstante, ese trayecto de la vida de Dios (desde su boca a nuestros oídos, corazón y acciones) puede truncarse y morir dentro de nosotros cuando somos incrédulos y cuando no accionamos en virtud de lo dicho por Dios. Nótese que Santiago dice que la fe sin obras es estéril. Que algo sea estéril significa que no tiene la capacidad de producir vida.

Esto es aplicable a ámbitos mucho más amplios que solo el evangelismo. Dios puede hablarte algo, tú puedes oír una palabra de Dios, pero si eso no va acompañado por acciones, ineludiblemente esa fe, esa palabra, ha muerto. Y ha muerto dentro de ti, no fuera. Puede morir por nuestra incredulidad o por nuestra quietud e indiferencia sobre lo que Dios dice.

Por esta razón, necesitamos darnos cuenta que dentro nuestro hay muchos cadáveres de palabras y promesas de Dios, cosas que él hablo a nuestra vida, pero que quizás jamás fuimos capaces de creer o de accionar en pos de ellas, solo nos quedamos sentados esperando que mágicamente se cumpliera lo que Dios dijo. Y no funciona así. Si queremos evangelizar, que es ministrar la vida de Dios a otras personas, debemos quitar de nosotros la muerte que impide que la vida de Dios se manifieste. Si Dios nos habla, si escuchamos su palabra, no dejemos que muera con nuestra falta de acciones.

Anhelamos que Dios nos hable, sin embargo, a veces no somos lo suficientemente valientes para hacer aquello que Dios nos habla. Si queremos que Dios nos hable, tenemos que ser capaces de caminar hacia aquello que él nos ha dicho, no quedarnos estancados, no quedarnos quietos o paralizados.

Entonces, el evangelismo es llevar la vida de Dios y esa vida de Dios siempre se manifiesta en acciones, y si eso no ocurre es porque la fe murió. Una implicancia interesante de esto puede notarse si uno se detiene a mirar a la mayoría de los evangelistas, que son personas de mucha acción, incluso pueden llegar a ser personas muy inquietas. Es gente que no puede estar quieta en un lugar, necesita estarse moviendo, algunos incluso son de carácter impulsivo. Esto se debe a que el llamado ministerial del evangelismo está relacionado con ministrar la vida de Dios a otros, y la vida está relacionada con la acción, no con la quietud. Por esta misma razón es que generalmente los ministerios de evangelismo van acompañados por dones de milagros o sanidades. Las enfermedades de las personas están para producir muerte. En cambio, los evangelistas portan vida, y es por eso que en ellos muchas veces operan dones de sanidades, porque la vida de Dios va en contra de esa muerte.

                        Conocer más profundo la vida de Dios

Efectivamente, la vida de Dios atraviesa un camino, que comienza con las palabras de Dios, luego esa palabra se transforma en fe, y luego la fe se transforma en acción. Pero todo aquello involucra un proceso mucho más profundo.

Para que eso ocurra, la palabra que sale de la boca de Dios, que es espíritu y vida, es hablada o anunciada y entra en nuestro espíritu, y luego de nuestro espíritu se asienta en el corazón. Es en el corazón en que una palabra oída se transforma en fe, por eso la biblia dice en el libro de romanos que es el corazón con el que se cree. Por lo tanto, el lugar concreto donde se produce la fe es dentro del corazón. Es dentro de nuestro corazón, donde una palabra de Dios puede morir o puede vivificarnos. Entonces, luego que la palabra se convierte en fe dentro de nuestros corazones, pueden ocurrir dos situaciones, y ambas dependen de nosotros. Podemos tener una fe muerta o una fe viva, es decir, una fe sin acciones, o una fe que produce acciones.

Romanos 10:10  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

Ahora bien, la biblia dice que las palabras que salen de nuestra boca provienen de la abundancia de nuestro corazón, lo mismo ocurre con Dios, porque él nos creó a su imagen y semejanza. Es decir, cuando nuestro Padre habla, todo lo que él dice, sale de la abundancia que hay en su corazón.

Mateo 12:34 “…Porque de la abundancia del corazón habla la boca”.

Por lo tanto, cuando Dios habla, en realidad Dios también está mostrando su corazón, cuando se desata una palabra de Dios, de alguna forma también se está revelando el corazón del Padre. Además, como es nuestro corazón el que recibe su palabra para transformarla en fe, cuando Dios habla en realidad está transmitiendo su corazón al nuestro, está depositando en nuestro corazón, lo que su corazón contiene.

Manifestando la vida de Dios en lo práctico

La oración o confesión de fe

Un aspecto importante en la salvación de una persona es la oración o confesión de fe. Con esto nos referimos a una oración como la que sigue a continuación:

“Dios, reconozco que soy pecador, pero hoy te pido que me perdones por cado uno de mis pecados y errores. Te agradezco por enviar a tu hijo Jesús a morir por mí en la cruz. Hoy te recibo en mi corazón para que habites en él, y me hagas tu hijo. Te reconozco como mi señor y salvador, inscríbeme en el libro de la vida. Y desde este día quiero tener una relación personal contigo”.

Al inquirir más detenidamente en la oración o confesión de fe, es posible notar que esta tiene precisamente la intención de manifestar la vida de Dios. La persona debe reconocer que ha sido un pecador, porque el pecado da a luz la muerte. En cambio, el perdón de Dios, gracias a la obra redentora de Jesús, conecta a la persona con la vida eterna. Por esta razón, independiente de cómo se redacte o formule, una oración de este tipo tiene, al menos, dos elementos: el despojarse de la muerte a través del reconocimiento de que somos pecadores, y el recibimiento de la vida de Dios a través del perdón de pecados. Por supuesto, no basta con que la persona solo exprese algo, esto debe salir de la fe que hay en su corazón.

Romanos 10:9-10 que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.

¿Cómo llevar a alguien a realizar esa oración?
Básicamente a través del plan de salvación: todos hemos pecado, y ese pecado nos ha apartado de Dios. Dios es justo y por lo tanto merecemos la muerte eterna, y no la vida eterna. No obstante, el Padre nos ha amado tanto que envió a su hijo Jesús para morir por nuestros pecados, de modo que en su muerte el pagó el castigo por nuestros errores. Entonces, todo aquel que recibe el sacrificio de Jesús, confesándolo como señor y salvador puede recibir la vida de Dios convertirse en su hijo. Esto es un regalo de Dios, porque siendo pecadores no lo merecíamos, pero él nos ama y quiere tener comunión con nosotros, y manifestar su propósito en nuestras vidas. Por lo tanto, la salvación es por gracia y por medio de la fe.

Entonces, en resumidas cuentas:
- Estamos muertos por causa de nuestros pecados.
- Pero Dios nos ama
- Jesús murió por nuestros pecados para llevarse nuestro castigo.
- Si confieso a Jesús como Señor y salvador recibo su salvación.
- Si recibo a Dios me vuelvo su hijo, y tengo comunión con él.

Romanos 3:23  “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”.

Juan 3:16 “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en El, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

1 Juan 4:15 “Todo aquel que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios”.

Juan 1:12 “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.

Efesios 2:4-5 Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos).

Efesios 2:8-9 Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Finalmente, no resulta para nada accesorio señalar que tanto la oración como “el plan de salvación”, si bien son de enorme importancia para ayudarnos y guiarnos a evangelizar, Dios no está atado a manifestar su vida en esa forma o metodología específica. Es decir, Dios puede valerse de otra manera para alcanzar el corazón de una persona, y no necesariamente a través de la exposición de ciertos pasos previamente aprendidos. Como seres humanos podemos caer en la tentación de volver esto en algo mecánico: en acercarnos a alguien y casi recitarles el plan de salvación. Pero no podemos limitarnos con ello, pues Dios puede mostrar su amor a una persona desnudando su corazón a través de una palabra de ciencia, a través de una sanidad o milagro, y con un largo etcétera al que no quisiera yo ponerle fin o límites.






Ángelo Palomino Díaz 

viernes, 29 de julio de 2016

El funcionamiento del alma y la sanidad interior


Dios creó al ser humano como un espíritu dentro de un cuerpo, pero también dotándolo con un alma en su interior. Cada persona es responsable por esa alma, pero no solo cuando se trata de la salvación. Es decir, debemos ser responsables por el estado integral en que se encuentran nuestras almas. Puede usted ser salvo, pero ¿qué habita dentro de su corazón?, ¿Qué sentimientos o emociones circulan habitualmente en él? ¿Sus pensamientos se corresponden a los pensamientos de Dios acerca de usted?
Por esta razón resulta en extremo valioso aprender acerca de cómo funciona nuestro ser interior, especialmente nuestra alma, pues de esa forma tendremos herramientas para trabajar en ella y restaurarla. Es por ello que a continuación, a la luz de la palabra, revisaremos la función del alma, y luego la sanidad interior.

El alma de todo ser humano, está compuesta por tres órganos básicos (cada cual con una función en particular). Estos órganos son; el corazón, que funciona como el centro de las creencias y emociones; la mente, que funciona como el centro de los pensamientos y el intelecto; y la voluntad, que funciona como el centro de las decisiones y determinaciones. En su conjunto, evidentemente esto funciona como un todo que se denomina alma.

El alma, como el sistema que agrupa e interrelaciona al corazón, la mente y la voluntad, funciona como un sistema de interpretación de la realidad[1]. El alma está encargada de darle forma a las cosas que percibimos. Nuestro cuerpo, que es la parte de nuestro ser que nos permite relacionarnos con el mundo físico o material, recibe determinada información a través de los sentidos naturales, tales como la visión, la audición, el gusto, el olfato y el tacto, pero luego es el alma quién interpreta y genera determinadas percepciones de lo que captamos a través de dichos sentidos del cuerpo. Es por lo tanto, el alma quien genera una determinada comprensión o entendimiento de lo que vive y rodea al ser humano. Es ahí por tanto donde Dios opera para generar un entendimiento celestial respecto de las escrituras y también de las circunstancias que vive una persona.

Lucas 24:45 “Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras”.

Deuteronomio 29:4 “Pero hasta el día de hoy el SEÑOR no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, ni oídos para oír”.

Un ejemplo muy claro que nos muestra esta facultad del alma es el caso de los 12 espías que Dios envió a la tierra de Canaán (en el capítulo 13 del libro de Números). De estas 12 personas que recorrieron la tierra durante 40 días, hubo 10 que dieron un mal reporte, mientras que 2 diferían de los anteriores y entregaban una opinión absolutamente positiva. Es destacable que los 12 recorrieron la misma tierra, vieron exactamente lo mismo, sin embargo mantenían percepciones absolutamente opuestas. Los primeros reconocían que la tierra era fértil, una tierra donde fluía leche y miel, pero vivían gigantes que no podrían ser derrotados. En cambio, los segundos también destacaban el buen estado de la tierra pero indicando que sí podrían vencer a sus moradores, e incluso fácilmente.

¿Qué determinó estas percepciones tan opuestas? El alma, específicamente el corazón. Caleb fue el principal espía que tuvo una interpretación o percepción positiva de lo que observó. Es el quien explica luego (en el libro de Josué) que su apreciación de la situación estaba en función de lo que “sentía en su corazón”, esto es porque el corazón de Caleb, a diferencia de los demás espías, estaba lleno de fe a causa de que Dios ya había hablado y dicho que esa tierra sería de su pueblo.

Josué 14:7-8  “Yo era de edad de cuarenta años cuando Moisés siervo de Jehová me envió de Cades-barnea a reconocer la tierra; y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón. Y mis hermanos, los que habían subido conmigo, hicieron desfallecer el corazón del pueblo; pero yo cumplí siguiendo a Jehová mi Dios”.

Por lo tanto, las percepciones, interpretaciones, ideas o apreciaciones que tengas de las situaciones que vivas, de lo que Dios te mande, e incluso de lo que leas en la escritura, en realidad siempre estará en función de lo que hay en tu corazón porque el alma es un sistema de interpretación de las cosas a nuestro alrededor.  Es decir, el estado de tu corazón determinará lo que puedas ver. Incluso, tu nivel de visión espiritual estará en directa relación al nivel de pureza de tu corazón

Mateo 5:8 “Bienaventurados los de limpio corazón, pues ellos verán a Dios”.

En definitivas cuentas, la interpretación de las personas acerca de sus situaciones en realidad no es más de que una proyección de lo que está dentro de ellos. No es “lo de afuera”,  lo que determina a una persona, sino que es “lo de adentro” lo que determinará como una persona percibe un determinado asunto. Es por esta razón que la palabra señala que si en tu corazón hay pureza, verás pureza en las cosas. En cambio, si tu corazón está corrompido verás corrupción por todos lados.

Tito 1:15: “Todas las cosas son puras para los puros, más para los corrompidos e incrédulos nada es puro, sino que tanto su mente como su conciencia están corrompidas”.

En realidad esto lo ves de continuo en tu vida. Por ejemplo, dos novios que viven o ven la misma situación en igualdad de condiciones, y frente a ello, uno de ello puede opinar A, mientras que el otro puede opinar B acerca de esa misma circunstancia. Uno podría pensar que al conocerse tanto deberían pensar o interpretar las cosas de forma similar. Sin embargo, cada uno de ellos tiene un alma diferente, un alma con contenidos distintos y por lo tanto con percepciones distintas.

Cuando el Señor rescata a la iglesia, el espera que la iglesia pueda adoptar su voluntad como propia, pero para eso también debe aprender a “ver como Dios ve”, a interpretar las cosas como Dios lo haría. Es por ello, que Dios nos quiere transformar cambiando nuestro corazón y nuestra mente para entender lo que él hace, para entender su voluntad.

Marcos 6:52: “Porque aún no entendían el milagro de los panes; porque sus corazones estaban endurecidos”.

Romanos 12:2 “Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto”.

Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Cómo estamos interpretando las cosas que nos rodean? ¿Cómo vemos nuestra vida? ¿Estamos realmente viendo como Dios ve, o viendo sesgadamente desde lo corrupto que aún queda en nuestro corazón? Si estás viendo con pesimismo algún aspecto de tu vida es porque hay algo que cambiar, no fuera, sino que primero dentro de tu corazón y mente. Porque es tu alma la que te permite interpretar lo que vives. Cada vez que atravieses por una circunstancia difícil no consideres primero tu forma de ver el asunto haciéndote sabio en tu propia opinión. Es mejor buscar el corazón del padre para que puedas ver el asunto como él lo está viendo, porque siempre será la forma correcta de percibir las cosas.

Dios desea que nos vaya bien y prosperemos en el propósito que él, desde antes de la fundación del mundo, ya había puesto en nosotros. Y para eso, es absolutamente imperioso que nuestra alma sea prosperada y transformada por su luz y entendimiento

3 Juan 1:2 “Amado, mi oración es que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma”.

Es en este punto en que la sanidad interior se transforma en algo vital. La sanidad interior es un proceso mediante el cual nuestro ser interior es limpiado y purificado para ser restaurado de las heridas emocionales y las falsedades establecidas previamente en nosotros. La sanidad interior entonces, actúa en el alma para limpiarla de interpretaciones erróneas surgidas muchas veces de evento trágicos que en ocasiones se denominan como traumas, las cuales son heridas emocionales profundas. Estas pueden ser situaciones tan adversas como una violación, o la muerte prematura de un ser querido, un accidente de auto, una caída de una escalera o de desde mucha altura, el casi ahogo en una piscina o en el mar, la vivencia de una catástrofe natural como un terremoto, entre otras.
Esto es porque así como existe la sanidad física que se aplica al cuerpo, la sanidad interior aplica a nuestra alma y espíritu. Es decir, así como nuestro cuerpo físico sufre accidentes y se generan heridas, contusiones u otros, igualmente el alma puede ser dañada, y sufrir cosas tales como desgarros, destrozos, golpes y caídas, entre otros. En efecto, los traumas son grietas que se generan en las paredes del alma de las personas, y muchas veces estas grietas o agujeros son utilizadas por satanás como entrada para demonios, es como un lugar ideal para que las serpientes puedan entrar[2] en una persona.

De este modo, la sanidad interior es crucial en la vida de todo hijo de Dios, pues todos debemos purificar nuestra alma de interpretaciones erróneas surgidas muchas veces de eventos traumáticos.
Por ejemplo, una niña que fue mordida por un perro a los 5 años de edad, es probable que aun a los 45 años les tendrá miedo a los perros. Esto, a pesar de que los perros que luego ella vea no sean peligrosos ni atemorizantes, pero solo por el hecho de haber vivido esa situación, esa persona percibirá que los perros son un peligro para ella, sin que efectivamente lo sean.

Una niña q ha vivido el trauma de una violación, probablemente cuando crezca tenga problemas para relacionarse con los varones, o quizás tenga problemas al tratar de vivir su vida sexual en el marco del matrimonio, porque su ser interior interpretará las relaciones sexuales (o incluso al hombre) como algo negativo y probablemente repulsivo, todo ello, a causa del trauma que vivió.

U otro caso más cercano para la iglesia. Una persona que vivió una decepción dentro de una congregación, es muy probable que le cueste aplicar los principios de sujeción o de respeto y obediencia a las autoridades que Dios ha puesto (pastores y líderes).

Por lo tanto, es importantísimo tener un alma sana y prospera. De hecho cuando Dios quiere usar a alguien debe meter a esa persona en un proceso de sanidad interior para purificarla de percepciones erróneas, para que pueda ver como él ve, para que pueda actuar como el actuaría.





Ángelo Palomino

[1] Le debo la maduración de esta idea a Hernán Donoso, profesor y Director de la Escuela Caminando en el Espíritu.
[2] Sides, Dale, Reparemos las grietas del alma. En: Cómo ministrar liberación, Peniel, 2005. p. 157-160.